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martes, 12 de mayo de 2015

Mamá Curra was here

¿Dónde acaba el principio y dónde empieza el final? Tal vez estoy en el principio del final o tal vez esté en el final del principio.
La cuestión es que si miro hacia atrás me veo en el final y si miro para delante me veo en el principio. Y te preguntarás ¿qué más da? Y yo te daré la razón. Toda la razón, enterita para ti. Que al fin y al cabo de que me sirve tener razón si me voy a sentir igual,  si no sé si afrontar las cosas con pena o con alegría. Pues una de cal y otra de arena, me digo. Los lunes, miércoles y viernes me siento mal, y el resto bien. Podría servir. Si total, volver a cambiar de país es algo a lo que una se enfrenta todos los días. Así, sin más. ¡Hala! Recoge tus cosas que nos vamos. No te dejes nada, apaga todas las luces y cierra bien la puerta, no vaya a ser que queramos volver y nos encontremos la casa hecha unos zorros. Y no te olvides de hacer una marca en la pared, como un tatuaje, para que por mucho que pinten siempre se pueda leer: mamá Curra estuvo aquí y mamá Curra was here –para que lo entiendan todos- O mejor: mamá Curra nació aquí. Como los presos en la cárcel. Que no es que me haya sentido como en una cárcel, es más una cuestión de dejar testimonio de mi vena macarra. O también puedo escribir directamente el nombre del blog, así de repente tienen acceso a mi vida. Pues a mi me hubiese encantado encontrarme algo así. Lo voy a hacer. Decidido. Quién sabe si algún  día alguien me escribe desde aquí y me cuenta que se siente sola, que aunque siempre tiene a sus cachorros a su lado hay un punto de soledad que no logra superar… O tal vez me manden una factura por los arreglos que han necesitado para borrar una marca en la pared (que aquí son muy dados a mandarte facturas por cosas que ni sabías que habías hecho).


Pero yo sigo a lo mío. ¿Me enfrento a una nueva etapa o es la misma…?  Y me distraigo buscando un libro para leer. Este ya lo he leído, lo cierro, me siento encima y miro la pared buscando dónde puedo dejar mi marca. ¿Y eso con qué se hace? ¿Con un destornillador, no?



martes, 17 de marzo de 2015

Cien

El agua hierve a 100 grados Celsius, es el número de años en un siglo, más vale pájaro en mano que ciento volando, te lo he dicho cienes y cienes de veces (¡Borja!)… Y esto que lees, es la entrada número cien de Mamá Curra. Y ya sé que es un tópico decirlo pero lo voy a hacer: parece que fue ayer… Y también parece que escribir cien entradas, durante algo más de un año es una memez. Y tal vez un poco si lo sea, pero otro poco no lo es. Es decir, que pienses lo que te plazca.
Sin duda ha habido días en los que las musas pasaban de mi (mazo), pero también ha habido otros en los que tenía tanto que contar que me faltaban dedos para escribir. Aún no soy capaz de saber de que depende. ¿De dónde sale la inspiración? Si es que sale de algún lado, o simplemente está siempre contigo y sólo tienes que ser capaz de escuchar, ni idea… A veces he creído que dependía de la luna, del chocolate que había comido el día anterior, del nivel de mar, de los días que me faltaban para ir a España, o de mi estado de ánimo... Una nunca sabe…

Cien besos no son tantos. A veces juego con mis cachorros a darles cien besos y se los doy en un periquete. Pero tener cien hijos es una barbaridad. Y llegar a los cien años, empieza a no sorprendernos. Y cien sorpresas, igual te cansas y dejan de ser sorpresas. Y pasar cien días cansado, es enfermedad. Y cien días enfermo, una putada. Y cien putadas, eso es alguien que te quiere mal. Y cien personas que te quieren mal, habrá que buscar cien que te quieran bien para compensar. Y si tienes cien personas que te quieren bien, eso es que tienes mucha suerte y deberías comprar lotería con más frecuencia. Y cuando te toque, acordarte de mi y celebrar juntos las cien entradas de Mamá Curra. ¿Trato hecho?


“Durante el día, derrumbándose de sueño, gozaba en secreto con los recuerdos de la noche anterior. Pero cuando ella (Pilar Ternera) entraba en la casa, alegre, indiferente, dicharachera, él (José Arcadio) no tenía que disimular su tensión, porque aquella mujer cuya risa explosiva espantaba a las palomas, no tenía nada que ver con el poder invisible que lo enseñaba a respirar hacia dentro y a controlar los golpes del corazón, y le había permitido entender por qué los hombres le tienen miedo a la muerte”.



Cien años de soledad
Gabriel García Márquez.




miércoles, 6 de noviembre de 2013

Una casa en la playa: lavandería


Una casa en la playa
La casa en la playa era un apartamento en un condominio. Aquí, una casa siempre es independiente y un apartamento es lo que nosotros llamamos piso, aunque sea de 4oo metros. Los condominios suelen tener de todo. El nuestro era así. Tenía peluquería, tienda para perros, un pequeño súper, gimnasio, aparca coches, salones para fiestas y tantas personas trabajando como en un hotel.
Pero estaba donde da la vuelta el viento y no teníamos lavadora en casa.
En cada planta, había una lavandería con dos lavadoras y dos secadoras. Tenías que comprar una tarjeta y recargarla con dólares en un cajero que había en el lobby para poder usar las máquinas. ¡Comodísimo!  Imaginaos, salgo con la ropa sucia en bolsas de plástico (mucho más mierderas que las españolas), porque no había cesto ni barreño para este menester.
Currito y Currita me ayudan. Un bote de detergente gigante también viene con nosotros.